Después de un día largo, intenso y agotador, llegar a casa es la mejor sensación del mundo. Descalzarte esos tacones que tanto te costaron, con sus 10 centímetros de alto, que te dejan los pies temblando y tocar el suelo primero tímidamente con los dedos luego, pasar a la planta y sentir ese cosquilleo, como si fuera la primera vez que te pones de pie, como si fueras aquel bebé que da sus primeros pasos, tiemblas de gusto y sigues con el talón. Te desvistes y vas a por lo más cómodo que hay en casa, el pijama.